TikTok te mintió: los memes sensuales de Saltburn no la salvan

Es más chistoso que interesante darse cuenta lo mucho de lo que depende Saltburn, el thriller psicosexual ambientado en Oxford del 2006 (qué retro 👴), de 3 escenas y una rola:

Un vato le hace sexo oral a una morra después de que ésta le dice que no está en “un buen momento del mes”, a lo que el joven vampiro amateur responde “me lo dices como si fuera algo que me preocupara”, para luego besarla en los otros labios dejándoselos también ensangrentados.

Un vato espía al vato que le gusta masturbándose en la bañera (millonetas onanistas bisexuales 😲), y ya acabado el asunto, enhochartada la tina, nuestro voyeur entra al baño y alcanza a sorber el agüita de la bañera, haciéndole como el perrito, antes de que se vaya por el sumidero. Guácala qué rico.

La escena en la que un vato coge con la tumba recién tapadita de su amorcito, la tierra todavía fresquesita, pantalones abajo de las rodillas, pito enlodado.

Y la rola “Murder on the dancefloor”, el hit de Sophie Ellis-Bextor del 2001, que sirve de soundtrack para un taco de ojo con el protagonista bailando encuerado una fabulosa coreografía durante casi los 3 minutos y medio que dura la canción.

Memeable, TikTokeable, todo bien. Una buena movie para centennials, zoomers y así, adultos jóvenes que ya pueden ver películas clasificación C pero que les da hueva ver mejores películas, como “The talented Mr Ripley”, porque salieron antes de que nacieran. Cada generación necesita una nueva y actualizada dosis de thrillers psicosexuales basura que parezca que tienen algo que decir. Y todo thriller psicosexual basura (sobre todo Saltburn) necesita sus correspondientes escenas con gente buenota, joven, y encuerada; de alguna manera tienen que justificar su existencia si no pueden encontrar nada interesante qué decir.


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Hay una sátira por ahí, tal vez. Hay ricachones, gente obsesionada con ricachones, gente humillándose para sacarle lana a los ricachones, cangrejos de la cubeta que no quieren que nadie más le saque lana a los ricachones (no me acuerdo si así iba la metáfora de los cangrejos de la cubeta). A manera de tibia recomendación, lo mejor de la película no salió en el tráiler, y es el siguiente diálogo:

-Ay Dios, ojalá no tuviéramos que ir a Londres.

-No sabía que iban a Londres.

-El funeral de Pamela

-Oh.

-¿Pamela falleció?

-¿Sí?

-Ya la conoces, haría cualquier cosa para llamar la atención.

Oliver Quick (Barry Keoghan), nuestro protagonista de clase media pero pito largo (y no lo digo yo, la película insiste), es un estudiante becado en Oxford que batalla para encajar en su nueva escuela porque no sabe de modales de clase alta y nadie le prestó “El manual de urbanidad y buenas maneras” de Carreño. Enamorado, mentiroso, patético, sensible, bisexual, lo vemos cortejar la atención de las Mean Girls locales y su adorable y millonario líder Felix Catton (Jacob Elordi, mega estrella thirst-trap queer-bait en ascenso) con cara de twink à la One Direction y cuerpo de Jesús de El Greco. Y sí, lo logra, si Oliver no acabara infiltrándose en la mansionsota de los Catton para pasar el verano de arrimado, conspicuo interesado, no habría película. 

A la media hora las cosas se levantan. Oliver da vislumbres de supervillana y la película está a punto de convertirse en la fantasía camp-kistch que me prometieron los memes y TikTok… pero no. Tenemos que aguantar a Oliver caracterizado (por un huevonsísimo guión) como un ser humano de hueva, con inseguridades de hueva, con obsesiones de hueva, con un mega-enculamiento de hueva, cortejando a los ricachones, escondiendo sus mentiras; fallando y tratando de nuevo, y de nuevo, de convertirse en ricachón por adherencia, salvando apenas su predecible arco argumental con los deus-ex que nos explican en flashbacks cómo la película siempre fue exactamente lo que sospechábamos que era. Mediocre paliativo para la falta de satisfacción e intriga que deseábamos desde que vimos ese TikTok hiperbólico con un explainer de 2 minutos de “por qué tienes que verla”.

Y bueno. A lo mejor sí hay una sátira por ahí. Los ricachones nos caen mal, debe ser una película acerca de relaciones de clase, ¿no? Acerca de la obsesión sexual, ¿no?, ¿acerca de racismo, mentiras, pretensiones, hipocresía, músculos abdominales? Todo está ahí, y todo es muy sensual, y muy rico, y muy contemporáneamente bisexual.

Pero el pecado de Saltburn es no tener el valor de sus convicciones. Ya saben cómo es uno: la cerveza fría, la tele alta, el kitsch chistoso, y los supervillanos locas locas. Porque del otro lado no hay nada: nada en Saltburn pretende convencernos de que estamos viendo algo que existe en el mundo real. Sin un alma, sin introspección, ni análisis, ni inteligencia, ni seres humanos, sólo nos queda una sexy y opulenta caricatura bidimensional que apenas sirve de escenario para disfrutar (pero sobre todo memear) nuestras tres escenas y nuestra rola.

Es una excelente rola.


Saltburn (2023) puede ser vista en México en la plataforma Prime Video.

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